miércoles, 28 de septiembre de 2011

Sobre el éxito y el fracaso

Serás lo que la sociedad espera de ti o serás Vincent Van Gogh.

La vida del extraordinario pintor estuvo signada por una acumulación de fracasos: Amorosos, laborales, financieros, familiares, sociales y artísticos. Ni siquiera su suicidio salió como él lo había planificado. El 27 de julio de 1890, sobrepasado por un sentimiento de incomprensión y abandono, se alejó a un campo y se disparó un tiro en el pecho. Pero la muerte llegó tarde a la cita. El pintor, herido, caminó varios kilómetros hasta el albergue Ravoux, en Auvers y falleció dos días más tarde. Tenía tan solo 37 años.   

El primer golpe de Vincent fue apenas nacer. Su nombre no había sido pensado para él sino que lo heredó de un hermano que había nacido muerto. Fue un niño tímido y con problemas de identidad. Tratando de encontrar su camino en la vida, estuvo varias veces en Bélgica. A los 16 años comenzó a trabajar en una Galería de Arte en La Haya. En el marco de su formación como vendedor, fue trasladado a Bruselas, luego a Londres (donde se enamora y es rechazado) y más tarde a París. Aburrido y asqueado por los gajes de la profesión, contradijo la opinión de su entorno y renunció al éxito que le hubiera supuesto una prometedora carrera en el negocio del arte. 

Placa recordatoria Van Gogh en Bruselas, Rue Traversière 6 
A los 23 años regresó a Inglaterra. Estaba convencido de poder conquistar el amor esquivo; pero fracasó. Fue profesor en Ramsgate y maestro de escuela en Londres. Allí, conoció la pobreza de los suburbios londinenses. De ese choque surgió lo que creyó era su verdadera vocación y se transformó en ayudante de un pastor metodista. Regresó a su tierra natal, y mientras trabajaba en una librería, preparó su ingreso a la Universidad de Teología en Ámsterdam. Agobiado por los estudios, renunció a dar el examen pero no a su naciente vocación. Otra vez se instaló en Bruselas y asistió tres meses a la Escuela Evangélica de Laeken, pero al cabo de ese tiempo, Vincent agregó otro fracaso a su alforja. Las autoridades escolares lo consideraron inepto como evangelizador. Insistió y se le concedió la posibilidad de evangelizar la que en ese entonces era una de las regiones más pobres de Bélgica: el Borinage. Vincent, poco dotado en la retórica, se bajo del pedestal que le otorgaba el Ministerio y llevó la Palabra a los feligreses como si fuese un minero entre los mineros. Las autoridades eclesiásticas se disgustaron con esta manera de predicar el evangelio y al poco tiempo lo destituyeron de su puesto. Van Gogh, desesperado ante un nuevo fracaso, emprendió una marcha a pie hasta Bruselas. Llevaba consigo los croquis en los que retrataba la vida de los mineros. Y en esa caminata nació el pintor. Un pintor que se venía gestando en las visitas a los museos de las ciudades por las que pasaba. Comprendió que podía transmitir mucho más con la pintura que con el habla. Un año después, en agosto de 1880, Vincent le confesó a su hermano Theo que cuando tomaba un crayón y dibujaba, todo cambiaba para él. El arte lo salvaba de su entorno.

En octubre del mismo año, se inscribió en la Academia de Bellas Artes de Bruselas en donde tomó cursos de perspectiva y anatomía. Luego, vinieron para Van Gogh diez años de aprendizaje autodidacta en los que creó con pasión desenfrenada.  Sin embargo, no vio sus esfuerzos recompensados. Los fracasos, en todo orden, se seguían acumulando. De todos ellos el que más dolía a Vincent era el fracaso artístico: Que nadie viese lo que él era capaz de ver. 

Tal vez Ana Bosch, (la pintora belga que compró en una exposición en Bruselas el único cuadro de Van Gogh cuando el pintor aún estaba en vida), sí haya visto la genialidad no reconocida del artista.

El viñedo rojo (1888) Pintura al óleo. Museo Pushkin

Sin embargo, estoy seguro que la señora Bosch jamás supuso que ese cuadro, los Viñedos Rojos, en la actualidad estaría considerado junto con la Gioconda como una de las pinturas más caras de la historia. Tanto, que su valor de mercado resulta inestimable.
 
Por eso queridos lectores... ¿Quién sabe? Lo que es un fracaso hoy tal vez sea un éxito mañana. Lo importante es que mientras buscamos las puertas abiertas pintemos de colores las que se nos cierran. Quizás, vistas desde la distancia y ordenadas de otra forma,  obren como detonantes de un gran triunfo.  

4 comentarios:

  1. Me encanto la publicación, adquiri información que desconocía y lo que más me gusto fue la conclusión que haces: "...Lo importante es que mientras buscamos las puertas abiertas pintemos de colores las que se nos cierra...", como siempre me da alegría leer tus escritos. bs. lore

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  2. Aca me tenes nuevamente...repensando todas las cosas luego de leerte.

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  3. Gracias, Gonza. Seguimos leyendo.
    Por lo menos le salió el suicidio (imperfecto, pero bueh).
    Como dice Victor Heredia: "Quiero elegir el día para mi muerte".
    Abrazo.

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