La vida
del extraordinario pintor estuvo signada por una acumulación de fracasos:
Amorosos, laborales, financieros, familiares, sociales y artísticos. Ni
siquiera su suicidio salió como él lo había planificado. El 27 de julio de
1890, sobrepasado por un sentimiento de incomprensión y abandono, se alejó a un
campo y se disparó un tiro en el pecho. Pero la muerte llegó tarde a la cita.
El pintor, herido, caminó varios kilómetros hasta el albergue Ravoux, en
Auvers y falleció dos días más tarde. Tenía tan solo 37 años.
El
primer golpe de Vincent fue apenas nacer. Su nombre no había sido pensado para
él sino que lo heredó de un hermano que había nacido muerto. Fue un niño tímido
y con problemas de identidad. Tratando de encontrar su camino en la vida, estuvo
varias veces en Bélgica. A los 16 años comenzó a trabajar en una Galería de Arte en La Haya.
En el marco de su formación como vendedor, fue trasladado a Bruselas, luego a
Londres (donde se enamora y es rechazado) y más tarde a París. Aburrido y asqueado
por los gajes de la profesión, contradijo la opinión de su entorno y renunció al
éxito que le hubiera supuesto una prometedora carrera en el negocio del arte.
| Placa recordatoria Van Gogh en Bruselas, Rue Traversière 6 |
A los 23
años regresó a Inglaterra. Estaba convencido de poder conquistar el amor esquivo; pero fracasó. Fue profesor en Ramsgate y maestro de escuela en Londres.
Allí, conoció la pobreza de los suburbios londinenses. De ese choque
surgió lo que creyó era su verdadera vocación y se transformó en ayudante de un
pastor metodista. Regresó a su tierra natal, y mientras trabajaba en una librería,
preparó su ingreso a la Universidad de Teología en Ámsterdam. Agobiado por los
estudios, renunció a dar el examen pero no a su naciente vocación. Otra vez se instaló
en Bruselas y asistió tres meses a la Escuela Evangélica de Laeken, pero al
cabo de ese tiempo, Vincent agregó otro fracaso a su alforja. Las autoridades
escolares lo consideraron inepto como evangelizador. Insistió y se le concedió
la posibilidad de evangelizar la que en ese entonces era una de las regiones más
pobres de Bélgica: el Borinage. Vincent, poco dotado en la retórica, se bajo
del pedestal que le otorgaba el Ministerio y llevó la Palabra a los feligreses
como si fuese un minero entre los mineros. Las autoridades eclesiásticas se
disgustaron con esta manera de predicar el evangelio y al poco tiempo lo
destituyeron de su puesto. Van Gogh, desesperado ante un nuevo fracaso, emprendió una marcha a pie hasta Bruselas. Llevaba consigo los croquis en los que
retrataba la vida de los mineros. Y en esa caminata nació el pintor. Un pintor
que se venía gestando en las visitas a los museos de las ciudades por las que
pasaba. Comprendió que podía transmitir mucho más con la pintura que con el
habla. Un año después, en agosto de 1880, Vincent le confesó a su hermano Theo
que cuando tomaba un crayón y dibujaba, todo cambiaba para él. El arte lo salvaba de su entorno.
En octubre
del mismo año, se inscribió en la Academia de Bellas Artes de Bruselas en donde tomó cursos
de perspectiva y anatomía. Luego, vinieron para Van Gogh diez años de aprendizaje autodidacta en los que creó con pasión desenfrenada. Sin embargo, no vio sus esfuerzos recompensados. Los fracasos, en todo orden, se seguían acumulando. De todos ellos el
que más dolía a Vincent era el fracaso artístico: Que nadie viese lo que él era capaz de
ver.
Tal vez
Ana Bosch, (la pintora belga que compró en una exposición en Bruselas el único cuadro
de Van Gogh cuando el pintor aún estaba en vida), sí haya visto la
genialidad no reconocida del artista.
Sin embargo, estoy seguro que la señora Bosch jamás supuso que ese cuadro, los Viñedos Rojos, en la actualidad estaría considerado junto con la Gioconda como una de las pinturas más caras
de la historia. Tanto, que su valor de mercado resulta inestimable.
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El viñedo rojo (1888) Pintura al óleo. Museo Pushkin |
Por eso queridos lectores... ¿Quién sabe? Lo que es
un fracaso hoy tal vez sea un éxito mañana. Lo importante es que mientras buscamos las puertas abiertas pintemos de colores las que se nos cierran. Quizás, vistas desde la distancia y ordenadas de otra forma, obren como detonantes de un gran triunfo.

Me encanto la publicación, adquiri información que desconocía y lo que más me gusto fue la conclusión que haces: "...Lo importante es que mientras buscamos las puertas abiertas pintemos de colores las que se nos cierra...", como siempre me da alegría leer tus escritos. bs. lore
ResponderEliminarAca me tenes nuevamente...repensando todas las cosas luego de leerte.
ResponderEliminarmuy bueno Gonzalo!
ResponderEliminarGracias, Gonza. Seguimos leyendo.
ResponderEliminarPor lo menos le salió el suicidio (imperfecto, pero bueh).
Como dice Victor Heredia: "Quiero elegir el día para mi muerte".
Abrazo.